Cuántas cosas hay afuera de mis cuatro paredes.
Todos los días, al despertar, me quedo unos minutos en cama, preguntándome cómo voy a sobrevivir en día con tantas cosas por hacer y personas que tratar. Tomo un respiro y decido salir al mundo.
No voy a dar una lectura optimista, tampoco una pesimista. Sólo puedo decir que la vida está allá afuera, pasando. Que aunque te cueste salir de la cama, vale la pena y la alegría el salir a vivirla.
Las cosas malas te dan lecciones, te dejan ser el niño berrinchudo que merece mimos para sentirse mejor, te deja sacar lo malo que llevas dentro, te obliga a reflexionar, te hacen ver que hay días mejores que otros y que por ello es bueno aprovecharlos.
Las flores, el sol, los perros, el arte, un abrazo de alguien a quien querés, el saludo de alguien atractivo, hacer el amor, bailar porque se te da la gana, reirte de tonterías, son los pequeños placeres de la vida, por esos momentos se te llena el alma, son los que te dan soporte en los malos días, son los momentos por los que te levantas en la mañana.
Quizás si haya algo de optimista en esto. El quid de la cuestión es: sí, hay días buenos y siempre es genial aprovecharlos. Pero ¿y por qué no aprovechar los días malos? Sí, a veces necesitas revolcarte en la tristeza e inhalar la melancolía, porque una vez tocaste fondo, sólo podes ir a un lugar: arriba. Esos momentos te obligan a seguir.
Al final de todo, si tuviste un buen día vas a ir feliz a dormir, si tuviste un mal día vas a estar feliz de que termine. Y al pasar el tiempo, es probable que veas con alegría los momentos buenos y con orgullo los momentos malos. Pero ¿como vas a mirar con alegría y orgullo tu vida, si te quedas en cama, encerrado en esas cuatro paredes? No vas a tener una vida que recordar.
Salí y viví.
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