jueves, 19 de julio de 2018

Hormonas, trabajo, comida y paz.

Te encontré.
Mi dulce adulto obligado, mi niño interno que sale a jugar siempre que nos juntamos.

Con vos se siente bien estar; pero se siente mejor ser.
Ser yo, ser vos, ser maduros, ser niños, ser inocentes y simultáneamente enlodarnos de lujuria.
Solo ser auténticos.

Por ratos me pasa que me olvido de los límites. 
Se me olvida que somos un trato, o como dice una canción "una apuesta de largo plazo"

Qué fortuna entonces, ser tan competitivos y juguetones... porque vamos a apostar un buen rato. 

Mejor dicho: que fortuna encontrarte. 

La vida nos ha mostrado que no podemos dejar que el otro sea nuestra fortaleza, porque podemos volverle nuestra debildad. 
Y es por eso que somos capaces de querernos y apreciar la presencia del uno en la vida del otro: no nos necesitamos, simplemente nos queremos. 

Y somos.
Somos todo.

Lujuria.
Intelecto.
Inocencia.
Alegría.
Amistad.
Tristeza.
Frustración. 
Madurez.
Regocijo.
Paz. 

Jamás creí que encontraría eso de nuevo. Y sin embargo, en la incertidumbre que fuimos por tanto tiempo; que es el punto menos esperado para mi, encontré paz. 
Y la sigo encontrando cada día.

Tal como decís:
Coincidimos. 
Sí, pero fue la vida la que nos lo hizo. 
Más que nada, nos contradecimos: blanco y negro. 
Manos inocentes y miradas de deseo. 
Enojos y madurez para sopesarlos. 
Intensidad de emociones y distensión de la mente. 
Matemáticas y literatura. 
Nosotros no coincidimos... nosotros nos elegimos.
Y cuánta dicha saber, que por este momento compartimos camino de esta forma.
Que coincidamos o no, 
nos elegimos, como la gran contradicción que somos. 

Que aunque dejemos de contradecirnos y coincidamos, vamos a elegirnos.