Mi dulce adulto obligado, mi niño interno que sale a jugar siempre que nos juntamos.
Con vos se siente bien estar; pero se siente mejor ser.
Ser yo, ser vos, ser maduros, ser niños, ser inocentes y simultáneamente enlodarnos de lujuria.
Solo ser auténticos.
Por ratos me pasa que me olvido de los límites.
Se me olvida que somos un trato, o como dice una canción "una apuesta de largo plazo"
Qué fortuna entonces, ser tan competitivos y juguetones... porque vamos a apostar un buen rato.
Mejor dicho: que fortuna encontrarte.
La vida nos ha mostrado que no podemos dejar que el otro sea nuestra fortaleza, porque podemos volverle nuestra debildad.
Y es por eso que somos capaces de querernos y apreciar la presencia del uno en la vida del otro: no nos necesitamos, simplemente nos queremos.
Y somos.
Somos todo.
Lujuria.
Intelecto.
Inocencia.
Alegría.
Amistad.
Tristeza.
Frustración.
Madurez.
Regocijo.
Paz.
Jamás creí que encontraría eso de nuevo. Y sin embargo, en la incertidumbre que fuimos por tanto tiempo; que es el punto menos esperado para mi, encontré paz.
Y la sigo encontrando cada día.
Tal como decís:
Coincidimos.
Sí, pero fue la vida la que nos lo hizo.
Más que nada, nos contradecimos: blanco y negro.
Manos inocentes y miradas de deseo.
Enojos y madurez para sopesarlos.
Intensidad de emociones y distensión de la mente.
Matemáticas y literatura.
Nosotros no coincidimos... nosotros nos elegimos.
Y cuánta dicha saber, que por este momento compartimos camino de esta forma.
Que coincidamos o no,
nos elegimos, como la gran contradicción que somos.
Que aunque dejemos de contradecirnos y coincidamos, vamos a elegirnos.
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