Hoy descubrí algo pequeño,
Que para muchos carecería de importancia.
Pero ese pequeño algo abrió heridas que quizás aún no estaban del todo sanas...
Como siempre, lloré.
Sentada, mientras contemplaba el mísero estado de ánimo en el que me encontraba, rogué a Dios, como pocas veces me permito hacerlo, le pedí que me dijera por qué me pasó esto, que me quitase el dolor de una buena vez.
Inmediatamente el perrito que dormía profundamente al lado mío, se despertó, me vio con curiosidad y salto encima de mí, buscó mi cara y, como si supiera exactamente qué hacer, limpió con su lengüita mis lágrimas.
Dios me concedió una de mis peticiones: se llevó el dolor (al menos por un momento).
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