Siempre regreso a este espacio cuando no encuentro cómo expresarme.
Ponerlo en palabras esclarece mis pensamientos.
Y aunque se siente mejor usar un lápiz y un papel, a veces ese método logra abrumarme.
Quiero contar otra historia.
Hace tres días, llovía en Santa Tecla.
Esa noche, dormimos sin contacto corporal porque, a pesar de la lluvia, hacia mucho calor.
Dormías sobre tu costado izquierdo, viendo a la ventana abierta.
Dormías en paz.
Yo te estudiaba tranquilamente, pensando en lo efímero del momento.
Dos noches después, contemplé lo efímero con horror.
Recordé lo que ya sabía: nuestro adiós es inevitable.
Una ola de abrumación vino en mi dirección, nunca más voy a poder estar contigo así.
Hoy, un día después, me siento melancólica; dispuesta a disfrutarte por el tiempo que queda.
Con un millón de dudas sin solución.
Con un montón de abrazos que no te podré dar.
Con un par de lágrimas que me niego a derramar.
Siempre he logrado regodearme en lo efímero, más las despedidas jamás dejan de ser duras.
Recibo abiertamente el duelo de tu partida; incluso antes de tiempo;
pues eso solo hace más especial el resto de nuestro poco tiempo juntos.
Julio 02, 2019.
Julio 02, 2019.
El momento llegó finalmente.
Tan caótico como lo imaginé, tan tormentosamente agridulce como lo esperábamos.
La víspera fue un dilema: me abstraía pensandote, aún estando entre tus brazos. Quería alargar ese momento, pero simultáneamente quería que terminase de una vez y enfrentar la realidad de una vez.
Te dije, que si tenía la oportunidad de pasar aunque fuesen cinco minutos más contigo, lo haría. Estaba lista para la tristeza que me embriagaría.
Te fuiste, me quedé con tu beso en los labios y un abrazo a medias que no pude terminar de darte. Rompí a llorar de inmediato, un llanto gutural y que venía de mis vísceras, como pocas veces me atrevo a llorar.
Volver al que fue nuestro espacio fue aún peor: estabas en cada lugar, no podía dejar de verte. Y, aún así, volver a un lugar que no estaba impregnado de vos dolía igual.
Quizás es porque la que estaba llena de vos, era yo, y no los lugares.
Aún con toda la pesadumbre sobre los hombros, sonreía, porque tal como dije: estaba llena de vos. Y di gracias por encontrarte, por coincidir el tiempo que fuese.
Hasta que la vida nos reencuentra, hasta que nosotros podamos, te digo: ¡Salud! Salud por nuestras noches de lujuria, nuestras tardes de risas, nuestros días en la cama, por los chistes en la cocina, por los bailes en casa, por los abrazos interminables y por todos los besos que nos hubiésemos querido dar en nuestra despedida.
Tan caótico como lo imaginé, tan tormentosamente agridulce como lo esperábamos.
La víspera fue un dilema: me abstraía pensandote, aún estando entre tus brazos. Quería alargar ese momento, pero simultáneamente quería que terminase de una vez y enfrentar la realidad de una vez.
Te dije, que si tenía la oportunidad de pasar aunque fuesen cinco minutos más contigo, lo haría. Estaba lista para la tristeza que me embriagaría.
Te fuiste, me quedé con tu beso en los labios y un abrazo a medias que no pude terminar de darte. Rompí a llorar de inmediato, un llanto gutural y que venía de mis vísceras, como pocas veces me atrevo a llorar.
Volver al que fue nuestro espacio fue aún peor: estabas en cada lugar, no podía dejar de verte. Y, aún así, volver a un lugar que no estaba impregnado de vos dolía igual.
Quizás es porque la que estaba llena de vos, era yo, y no los lugares.
Aún con toda la pesadumbre sobre los hombros, sonreía, porque tal como dije: estaba llena de vos. Y di gracias por encontrarte, por coincidir el tiempo que fuese.
Hasta que la vida nos reencuentra, hasta que nosotros podamos, te digo: ¡Salud! Salud por nuestras noches de lujuria, nuestras tardes de risas, nuestros días en la cama, por los chistes en la cocina, por los bailes en casa, por los abrazos interminables y por todos los besos que nos hubiésemos querido dar en nuestra despedida.
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