Hace exactamente un año, era feliz. Era el 1 de Mayo de 2019 en la madrugada y regresaba a casa emocionada y contenta (y con algo de lujuria) de una cita.
La primera cita.
Te conocí un 30 de Abril. Aunque vos ya no te acordes.
Recuerdo que, irónicamente, yo no estaba tan interesada en ti. De hecho, estaba tan harta y cansada ese día, esa semana, ese mes y ese año en general, que me había vuelto egoísta con mi tiempo: no se lo daba a cualquiera.
Había ido porque tu insististe.
Todo esa noche se puso en contra: esperé a que mi familia se fuera de casa para ir a la cita y como se fueron tarde, yo me arreglé tarde. Cayó una tormenta terrible. Mis Ubers me cancelaban. Cuando al fin llego un Uber, se perdió y tuve que salir en plena tormenta a buscarlo. Me empapé.
Me prometí a mi misma que me quedaría una hora como mucho, porque estaba segura que no tendría ninguna conexión y sería una cita más, otra que no funcionó.
Me iría a casa rápido, pondría mi nueva serie en Netflix y chan, olvidado para siempre.
La verdad, ni siquera me esforcé en mi atuendo. Iba hippie, sencilla y sin pretenciones. Bueno, quizás con una: mis tacones preferidos, porque de tanto estar parada dando clases, no soportaba los talones y los zapatos eran cómodos y la plataforma me hacía descansar el pie.
Cuando al fin llegué, te vi en la barra. Volviste a verme y pensé que no te veías nada mal. Te veías lindo y casual con tu camisita roja y tennis.
Ordenamos bebidas y hablamos un poco. Nuestras rodillas se tocaron y ninguno de los dos las movió. Pero todavía no estaba tan impresionada. Te enseñé a bailar salsa y me contaste sobre ti.
Finalmente nos movieron del bar, a una mesa. Nuestras rodillas y piernas quedaron en contacto, prudente y sin mayor insinuación, pero en señal de invitación, de alerta.
Discutiendo de todo, hiciste las preguntas mas atractivas que nadie (o casi nadie) me había hecho jamás: qué estaba leyendo (y, cuando te dije "1984") quisiste corroborar si era la de Orwell.
Antes de esto, solo había tenido UNA vez un impulso tan grande de tirarmele a alguien encima para besarlo y pegarme a su cuerpo todo lo que puediera. Curiosamente, había abandonado la costumbre de preguntarle a mi cita "¿qué estás leyendo?", porque obtenía una respuesta decepcionante tras otra. Por eso me sentí inevitablemente atraída el momento en que preguntaste eso. ¡Al fin había alguien!
Las cosas se fueron desarrollando y ya había roto mi promesa de quedarme una hora.
Al final de la noche, con 3 horas de habernos conocido, nos besamos no tan decentemente y volví a mi caaa con ganas de más.
Jamás pensé todo lo que ese más supondría.
Has sido un anhelo que tenía desde la adolescencia. Y fuiste una realidad.
Los días juntos se sentían irreales, de película, como un sueño. Jamás pensé que algo así me pasaría a mi.
Me enamoré de vos sin resistirme, pero sin darme cuenta. Sabía que era capaz de seguirte al fin del mundo (sí, literalmente). Fui fuerte. Soñadora. Tuve esperanza.
De más está decir que en vano.
Hoy solo me queda recordar tu voz, tus ojos, la manera en la que a mitad de la madrugada te despertabas a medias y hacías sonidos como de niño pequeño buscabas entre las sábanas y hasta que me tomabas por la cintura, te volvías a dormir plácida y tranquilamente, con una sonrisa en tu carita, una sonrisita que decía que tenías todo para estar en paz. No podía creer que ese todo fuera yo.
Hoy no me queda más que recordar tu aroma, tus juegos, tu risa. No tengo otra que invocar tu memoria, cuando pasábamos en la cocina, cuando me sentía la mujer más afortunada del mundo porque me llevabas de la mano.
Cuando por primera vez en la vida, moría de ganas de irme a mi hogar, porque ahí estabas vos, porque vos eras el hogar que anhelaba. El que sigo anhelando después de un año de conocerte.
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