Domingo 03 de Julio, 2:43 am.
Me duele cada fibra del cuerpo, desde la punta de mis dedos hasta la coronilla de mi cabeza. Ha sido un día cansado, una semana aún más cansada y un mes interminable.
Quiero escribir tantas cosas que ni siquiera sé dónde empezar.
Quizá sea bueno describir mi día: desvelada por estrés que se rehusa a abandonar mi cuerpo, al igual que la emoción del concierto al que iba a asistir.
Di clases y no fue una clase muy productiva, aunque el ensayo de mi alumna más avanzada sí lo fue.
Me sentía bien, así que decidí caminar del trabajo a dónde me iba a encontrar con mi mamá. Llegué tardísimo, pero nos encontramos para tomar juntas el bus a casa. Comí porque no había comido nada en todo el día. Tomé un baño y me fui a dormir por una hora y media, más o menos.
Me despertó mi mamá, preguntando a qué horas vendrían por mí y tuve la fortuna de ver que mi amiga me acababa de mandar un mensaje diciendo que en 20 minutos iba a traerme. Me vestí de lo más emocionada del mundo, me puse labial que supuestamente iba a durar horas e incluso me puse algo de rimel a prueba de agua, pues a parte de sudar, sabía que iba a llorar.
La emoción e impaciencia fueron eternos.
Vinieron por mí, llegamos al lugar del concierto y esperamos en las filas para entrar.
Esperamos una eternidad para que empezaran las teloneras, que tocaban música bastante buena. Sus temas giraban alrededor del empoderamiento femenino, temas ecológicos e incluso sobre las 17 mujeres que fueron condenadas por aborto. Insisto, si de algo se trata el arte es de hacer al público sentir algo, me atrevo a decir que estas señoritas llevaron su mensaje al público.
Luego de otra espera, salió otra telonera, sola: Flor Villagra. Muy sencilla y humilde con su guitarra, pero me atrapó: cantaba un poquito de despecho, pero al menos yo sí me sentí identificada con el mensaje de su música. Fui de las pocas personas que le puso atención, porque aunque no era la artista principal y todos estuviésemos mal humorados del calor y la espera; todo artista merece que se le ponga atención y se le aplauda su esfuerzo (no cualquiera sube a un escenario).
Luego otra interminable espera, finalmente salió la bella Natalia Lafourcade. No puedo describir la euforia que sentí en todo mi ser cuando la vi. Abrió con el canto latino de "Vámonos Negrito", siguió con "Hasta la raíz" y "Lo que construimos": en estas dos últimas canciones sentía que se me salía el corazón, sentí que no podía con mis emociones, en esa última canción se me salió una lágrima (en realidad pensé que una vez empezara a llorar no iba a para, pero no pasó). No puedo describir lo lindo que fue ver a todos cantar con ella, con el corazón en la garganta, apoyados en los amigos todas esas sensaciones que alguna vez sentimos y que Natalia recoge en su obra. A medida avanzó el concierto, se fue introduciendo un ambiente un poco más animado, cantó algunas de las canciones de álbumes anteriores, ante las cuales solo pude rendirme al ritmo y la euforia: bailé y grité con mis amigas como pocas veces lo he hecho, vi a otros hacer lo mismo: fue maravilloso ver tanta gente moverse y tener ese nivel de energía al mismo tiempo. La energía subía más en algunas canciones que en otras, pero en general, era increíble. Aún así, el concierto iba a terminar rápido, pero la bella Natalia cedió ante las súplicas del público y recompensó la espera que habíamos pasado los salvadoreños que la amamos con unas cuantas más canciones de su más reciente álbum: "¿Para qué sufrir'?", "Estoy lista" y "No más llorar" hicieron estallar al público. En especial la última canción, fue en verdad una explosión de emociones: me sentí plena, viva, en catarsis, curada, comprendida y feliz; y pude ver que las demás personas también experimentaban emociones similares. Una de mis más grandes y mejores amigas cantó esta canción conmigo, sentía el mensaje que ella también me mandaba: "vas a estar bien, todo pasa con el tiempo, no más llorar para vos" y es que la energía que surge cuando sentís el arte con las personas que querés es inigualable: sé que ese momento nos quedará a ambas en la memoria, de por vida.
No quería que el concierto acabara jamás. Estaba rendida, pero quería que esta maravillosa artista siguiera en el escenario. Se despidió ante un público que se rehusaba a dejarla ir.
Salí de ese lugar con el corazón contento, más contento de lo que había estado en meses.
Fuimos por algo de comer con mis amigas y regresé a casa. Tenía calambres en los pies de estar parada y bailando toda la mañana y toda la noche; me dolía la garganta de tanto gritar, me dolía la espalda de estar parada esperando; me dolía el cuerpo en totalidad. Pero mi alma está en un estado sublime; y es que el arte es así: te cura y te llena el alma.
La euforia no me deja dormir.
Ha sido la mejor noche de mi año y sin duda una de las mejores de mi vida entera.
Gracias a la hermosa Natalia Lafourcade por regalarme una de las mejores memorias de mi vida.
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