Solía creer que había nacido para el ocio y que era una de las personas más perezosas del planeta Tierra.
Recientemente descubrí que estuve equivocada toda mi vida.
Hasta el año anterior, tuve todo el tiempo del mundo para hacer lo que me viniera en gana (a parte de estudiar, claro está) y resulta que estaba desmotivada, sin energías y bastante infeliz. Este año tuve un trabajo donde tenía que pasar sentada todo el tiempo. El resultado: dolor de espalda, de cabeza, dolores en mis lesiones de danza y todo ello debido a que mi cuerpo no está acostumbrado a tanto tiempo de inactividad. Poco a poco entendí que mi humor molesto, mi desmotivación, la infelicidad que sentía y todos los dolores corporales eran un grito de mi mente y de mi cuerpo: tenía que estar ocupada en diversas actividades.
Sucede que, desde niña tuve una agenda apretada: colegio, danza e inglés; así que tenía poco tiempo en el año para salir con mis amigos, pasar horas en el teléfono y en fin, ser una niña más normal y tener un poco más de ocio. Por eso, cuando tenía oportunidad de descansar, era poco probable que me moviera de mi cama o saliera de mi cuarto en todo el día.
Una vez mis hábitos cambiaron mi cuerpo lo resintió y no fue hasta que tuve serias llamadas de atención del mismo que cambié los primeros. Descubrí que soy una persona activa que nunca tuvo mucho tiempo para descansar y que, al parecer, mi cuerpo y mi mente lo prefieren de esa manera.
Por el momento, estoy desvelándome mientras organizo mi agenda que, gracias a Dios y la vida, está llena de eventos de danza, los cuales debo balancear con mi hermosa carrera.
Extrañaba esto. Sí, la vida es buena.
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